SECUENCIA: LA
INDUSTRIA DEL ESPECTÁCULO
DIRECTOR: Germán Lao
Se acabaron los “Jesuschrist” y los
“Jackie boy”. La fantástica tragedia clásica moderna que desde 2008 nos traía
Kurt Sutter ha bajado el telón por última vez. Y la echaremos de menos.
Ambientada en un pequeño pueblo ficticio de California, cerca de las
grandes urbes que rodean San Francisco, la historia nos relata la lucha de un
miembro de un peligroso club de moteros por convertir ese grupo criminal en uno
limpio y dentro de la legalidad. En su afán irá conociendo los entresijos,
haciendo frente a nuevos peligros y siendo consciente de la sangrienta historia
del club, lo cual será determinante, pues le afecta personalmente más de lo que
él mismo esperaba.
La producción cuenta con un reparto
acertadísimo, que se ha sabido implicar en la historia y hacerla evolucionar de
un modo complementario a la trama, la cual ha ido avanzando con muchos aciertos
y algún fallo, nadie es perfecto, pero apenas han sido determinantes. En
general, la historia es interesante y, lo que es más importante, adictiva.
Su creador, Kurt Sutter, también
productor, director, guionista y actor de la serie, ha dejado patentes sus
influencias procedentes de la tragedia shakesperiana; no de una sola obra, sino
más bien extrae los grandes temas universales que trataba, como la traición, la
venganza, el amor desesperado, la soledad del héroe, etc. En siete temporadas
ha tenido tiempo de sobra para tratarlos todos más que correctamente.
El aficionado a la ficción, y más
concretamente la televisiva, encontrará la serie interesante, sin más, pero si
sus gustos se encaminan más hacia el género negro, con historias llenas de
mafia, vendettas, intrigas y un punto de redención, ésta serie le cautivará
desde el primer episodio, pues es brutalmente sincera, y no divaga intentando
ser lo que no es. La serie sabe quién es y hacia dónde se tiene que dirigir
desde el primer momento, y esa claridad se nota a la hora de desarrollarse.
Además, a partir de la quinta temporada entra en una vorágine de huida hacia
delante que ya sólo puede cerrarse en un final definitivo, en el capítulo trece
de su séptima entrega.
Anteriormente, durante las tres
primeras temporadas, la historia se desarrolla de otra manera, centrándose más
en un viaje de autodescubrimiento y aceptación, que, paradójicamente, durante
la cuarta temporada, se descubre incompleto y parcial y durante esa entrega,
que se puede definir como de transición, se sientan las bases de lo que vendrá
posteriormente.
Vamos a extrañar no saber más de Jax
Teller y sus familias, tanto la de sangre como la de chaleco; la mesa de madera
tallada donde se tomaban las decisiones importantes, y los apartes donde se
tomaban las decisiones cruciales; los enemigos convertidos en amigos y los
desconocidos convertidos en infierno; y todos esos paisajes desérticos de
california, con carreteras interminables y peligros tras cada curva.
Podemos estar seguros de que Sons of Anarchy ha sido una grandísima
serie, pues la creación de esta nostalgia en sus seguidores, que se puede
pulsar en foros, blogs y twitter, a tan poco tiempo de su final sólo está al
alcance de series que resultaron trascendentales, y no es que haya aportado
grandes novedades al medio o al género, pero ha conseguido algo igual de
importante, conectar con su público.


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